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Sincronía Zen y Mirada Interior

 

Centro de Formación Especializado en Meditación Zen y Contemplación

(Inspirada en el Zen japonés y en los místicos cristianos: San Juan de la Cruz y San Ignacio de Loyola)

Japón, mi infancia y el zen

Alberto de Mingo

Artículo original publicado en la revista El Ciervo hachiko (33K)

Como buen tokiota, me cita frente al Chuken Hachiko, una estatua de bronce que rinde homenaje al perro de raza Akita que venía cada tarde a esperar a su amo a la estación de tren. Lo siguió haciendo cada día durante diez años después de la muerte de su amo, hasta su propia muerte. Una fidelidad que conmueve a los japoneses.

Hace 17años que no nos vemos, tiempo en el que no he vuelto al país en el que nací. Llega solo. Le encuentro envejecido y algo torpe. En mi anterior viaje, trabajé como traductor durante un breve curso que se impartió en el instituto del que él era presidente. Entonces yo era un joven redentorista que estudiaba teología en Salamanca.

Habla con lentitud, con grandes pausas. Koyama Sensei es un maestro zen peculiar. Aunque ya jubilado, siempre ha vivido de su pequeña empresa y no de la religión. Fue ordenado roshi a los cuarenta, una edad singularmente temprana, y es uno de los mejores conocedores de la tradición fundada por el monje Hakuin (1689– 1769).

b07f46248b2a868f32902a65d4e8c574 (16K) La estación de Shibuya, donde se erige la estatua de Hachiko, es uno de los lugares más bulliciosos de Tokio. Oleadas de personas cruzan la calle bajo un bombardeo de anuncios comerciales, la imagen futurista de una metrópolis de neón. Buscamos un lugar para conversar, y entramos en una cafetería atestada de gente. Encontramos un hueco junto a un grupo de chicas que están preparando trípticos de publicidad. Él pide un cappuccino frío; yo, lo mismo.

Le pregunto dónde se pueden encontrar hoy a los grandes maestros del zen. Me dice con tristeza que ya no hay grandes figuras, ni mucho interés por el Zen. “Los católicos sí que sois gente seria” –me espeta, sin atisbo de adulación.

“Un caso extraño el de Vidal-​san –prosigue– dejar de lado el Catolicismo para interesarse por el zen”. El señor Vidal había sido mi cliente en el anterior viaje y ha sido desde entonces su discípulo. “Pero el señor Vidal se reencontró con su fe católica gracias a usted y a las enseñanzas del zen” –le respondo. “Eso es por la común humanidad”, concluye, y deja que el silencio se apodere de los dos, a pesar del ruido que nos rodea.

Quiere invitarme a almorzar. Me conduce por unas escaleras al sótano de unos grandes almacenes. Delante de la sección de supermercado hay una barra de sushi.

Mientras esperamos a que nos den lugar, le planteo la cuestión teológica de la “gracia”: “Nosotros los cristianos creemos que el camino espiritual se recorre gracias a la continua ayuda de Dios, pero el zen enseña que la iluminación se logra yi-​riki, es decir, por el propio esfuerzo”.

–Pero en el fondo es ta-​riki (por la fuerza de otro), me responde. “Es yi-​riki en cuanto que hemos de poner todo de nuestra parte, pero la fuerza viene de otro”. Le pregunto de quién: “No es de carácter humano. Podemos decir que nos unimos a Dios, o si quieres ser más moderno, al universo”.

Siento la irradiación callada de este hombre mientras percibo en mi boca la textura del pescado crudo y el arroz. Insiste en verme de nuevo, porque quiere entregarme un libro.


Mi primera misa

El objetivo principal de mi viaje a Japón, o quizás la excusa, era celebrar mi “primera misa” –después de 14años de sacerdocio– en la parroquia en la que fui bautizado, cerca de mi pueblo natal. En ella, los jesuitas españoles Miguel Lafont y Luis Cangas me reciben fraternalmente. Estos hombres que han gastado su vida como misioneros en el Japón me preguntan por la situación en España. Aunque mi visión no es muy optimista, la conversación es animada. Están llenos de curiosidad por un país que apenas reconocen.

ARR3-480000-HIROSHIMA-Nagatsuka-1-Naa (30K) Insisten en que estaré más cómodo en Nagatsuka, el antiguo noviciado de los jesuitas, a un kilómetro escaso de la parroquia. Ahí vivió durante muchos años Pedro Arrupe y también el actual general, Adolfo Nicolás. Acepto agradecido.
El edificio es de estilo japonés, algo revolucionario para un centro católico en los años treinta. La capilla, con el suelo de tatami, disgustaba a muchos católicos japoneses cuando la visitaban. ¡Parece un lugar budista de meditación! Ahora se la reconoce, con toda justicia, como una obra pionera en el esfuerzo de la inculturación.
Han dejado la habitación de Arrupe como estaba, es decir, en su desnuda sencillez, sin nada especial salvo una pequeña foto suya colgada de la pared. Desde la ventana, a lo lejos, se divisa Hiroshima, la misma ciudad sobre la que el 6de agosto de 1945se alzó el hongo atómico. Arrupe convirtió entonces la capilla en improvisada enfermería, para atender a los heridos.
La casa es hoy un centro de espiritualidad. El padre Lafont, su director, ha sido amigo y discípulo de Anthony de Mello y es un experto en distintas formas de oración, especialmente el Vipassana. Grupos de japoneses deseosos de aprender a rezar pasan cada semana por el centro.
El cristianismo es una religión muy minoritaria en Japón: sólo representa el 0,3por ciento de la población, pero la comunidad católica tiene una influencia cultural y social que no se corresponde a su pequeñez. Algunos de los grandes escritores e intelectuales de la segunda mitad del siglo xx –Shusaku Endo, por ejemplo– han sido católicos. Los documentos de los obispos, a menudo con una fuerte carga social, son recibidos con interés.


Voy a ver a mis padrinos

Al día siguiente voy a ver a mis padrinos. Fueron durante mucho tiempo los únicos cristianos de mi pueblo, después de que nuestra familia emigrara a España cuando yo tenía nueve años. Son ancianos y apenas salen de casa. A pesar de la lluvia, no puedo dejar de recorrer los viejos lugares de mi infancia. Nada queda ya de los arrozales de los que vivía la gente entonces. Sólo el bosque sagrado que guarda el yinya, el templo sintoísta, ha sido respetado por el urbanismo salvaje.
Koya_436x327 (98K) En mi viaje de regreso hacia Tokio, decido pasar por el monte Koya, donde vive un millar de monjes budistas. Reservo por internet una plaza en la hospedería del monasterio de Dai-​En (el gran círculo). Entre las opciones –hay diversidad de precios según el tipo de alojamiento y la comida– elijo el que cuesta 10.000yen (60euros) la media pensión.
El funicular sube al monte casi vacío: unas mochileras irlandesas –el lugar se recomienda en la guía Lonely Planet– y algunos jóvenes japoneses. En la estación de arriba se puede escoger entre continuar en autobús o en taxi, unos modernos Toyota Prius con motor híbrido. Escojo la opción menos ecológica pero más barata. Entre altísimos y centenarios cipreses surge un pueblo habitado casi exclusivamente por monjes, la mayoría de ellos en período de formación.
El emperador Meiji, que inició la era de reformas que lleva su nombre en 1868, autorizó casarse a los sacerdotes budistas. Casi todos lo hicieron. Hoy el monje budista célibe es una excepción. Muchos de los jóvenes que se forman en este y otros centros son hijos de monjes, de los que normalmente heredan también el templo, el negocio familiar. La función más importante de estos templos es celebrar funerales. Para la mayoría de los japoneses la imagen del budismo está vinculada a la muerte. También en el monte Koya, donde el lugar más visitado es su impresionante cementerio.
La recepción de la hospedería la llevan “seminaristas”. Uno de ellos venía en el tren y me reconoce: “Nos hemos visto”, me dice con una sonrisa. Son simpáticos. No me preguntan en absoluto sobre mis convicciones religiosas, pero me informan que rezan cada mañana a las seis y que si quiero, puedo unirme.
Me dan una habitación parecida a la de cualquier ryokan, el tipo tradicional de hotel japonés: suelo de tatami, una puerta corrediza que da al jardín, una mesa camilla y un pequeño televisor. No hay cama. A la hora de dormir se estira un futón sobre el suelo, que cubre con un edredón. La cena es estrictamente vegetariana, pero espectacular. Me la trae un monje a mi habitación y se va. Variada y exquisita, es una forma de cocina budista llamada sho-​yin-​ryo-​ri, “cocina para avanzar en la pureza”.
Hace frío en la mañana. Delante de una estatua de Buda, tres monjes entonan cantos monocordes. Están de espaldas a nosotros. No hay ninguna explicación, pero está claro que el del centro preside y los dos a su lado son ayudantes. Cuatro de los hospedados nos hemos animado a madrugar y asistimos impasibles, sentados en banquetas. Recitan rítmicamente sutras en un japonés arcaico e incomprensible. Al cabo de una hora uno de los asistentes nos da un bastoncito de incienso a cada uno y nos invita a encenderlo. Es nuestra forma de participar de su oración.
En el desayuno –también exótico y delicioso– se me entrega discretamente un sobre. Un texto encomia el deber de todo hijo de rezar por sus padres y antepasados. ¿Y qué mejor que encargar esta sagrada obligación a los monjes del monte Koya?


Un lugar sagrado sintoísta

amaterasu (15K) Bajo del monte y sigo mi viaje en tren hasta la ciudad de Ise, donde se encuentra uno de los lugares más sagrados del sintoísmo. Cuenta la historia que aquí la diosa-​madre Amateratsu se apareció a la princesa Yamatohime-​no-​mikoto y le pidió que le edificara un santuario. Es una historia que a un católico le resulta extrañamente familiar. Aunque nosotros preferimos pastorcitas, una diferencia no menor.
Según una antigua tradición, el templo de Ise ha de ser destruido y vuelto a edificar cada 20años, para preservar su pureza. El actual es de 1993y está casi nuevo, pero es una exacta reproducción de un modelo de hace 1500años, cuando Japón estaba apenas emergiendo de la prehistoria. Son edificios de ciprés sin barnizar, con algunos ornamentos de oro. Transmiten una sensación de primitivismo y pureza, la virtud más venerada por el Sinto, el camino de los Dioses.
Los templos sintoístas están siempre inmersos en el bosque. En Ise, además del templo, hay otras dependencias, como los graneros de arroz sagrado para la alimentación de la diosa, que tienen curiosamente la misma forma que los hórreos gallegos. El conjunto es como un parque lleno de paseantes, pero al templo nadie puede entrar, salvo miembros de la familia imperial y algunos sacerdotes. Los devotos baten ritualmente sus palmas delante del velo que impide la visión de su interior y rezan sus oraciones.
Estoy de nuevo en Tokio, en el penúltimo día de mi viaje. He quedado con el maestro Koyama en el mismo lugar, junto al fiel perro Hachiko. Esta vez viene acompañado por su mujer, diez años más joven y mucho más dicharachera. Los tres pedimos matcha, la bebida quintaesencial de las ceremonias de té, eso sí, batido con leche y on-​the-​rocks. Estamos en un Starbucks.
¿Te has casado? Me pregunta la señora Koyama. “Los sacerdotes católicos no nos casamos”. “¡Qué tontería! ¡Tienes que casarte!”, me dice. Pido ayuda al maestro: “Defiéndame –le digo – , el budismo también aprecia el celibato”. La mujer no le deja hablar: “También en el budismo me parece una tontería”.
Ya me cayó bien la primera vez que nos encontramos, hace ya tantos años, esta mujer desinhibida. Recuerdo que en aquella ocasión le pregunté si ella también practicaba la meditación zen: “Yo practico el voleibol”. Me contestó. A su manera, ella es también una persona iluminada.
Koyama me entrega el libro Yuisiki no susume (“Recomendación de la Unificación de la Conciencia”), subtitulado: “Una introducción a la psicología profunda del budismo”.fuji-japon_470x264 (58K) Es una explicación para el gran público de la teoría budista sobre el mundo interior del ser humano, con sus diversos estratos y su fondo inefable. Nos despedimos. Al día siguiente, ya de vuelo, el monte Fuyi se alza a lo lejos de entre las nubes.

 

 

Pedro

Vidal López

Maestro Zen y Director del

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